Friday, January 22, 2021

Esperanza aguamarina:

El reto no es fácil, poner en palabras el profundo respeto que siento por mi maestra preferida navegando por las deudas de cariños y atenciones que tengo con ella, pero vamos a por ello.

Como antesala debo explicar que los maestros en mi infancia eran tratados por sus alumnos con el respeto exigido en casa (algo que aún conservo con los mayores). Sus palabras en clase formaban oraciones cortas que revelaban instrucciones claras donde la democracia brillaba por su ausencia y si alguna duda cabía en el cumplimiento de la orden ésta se resolvía con una apertura exagerada de ojos que la disipaba enseguida.

Los primeros recuerdos que tengo de mi maestra preferida, en su labor docente, vienen de una época en que los niños eran niños, debían respetar el espacio de los adultos y no formaban parte de ningún comité para decidir el rumbo familiar.

La técnica que con ella cuajó en mis incipientes años de escuela se basaba en valorar mis aciertos de manera más bien distante, como si fuesen algo natural pero mis errores los atendía con cariño formando corrección y muchos de ellos los dejaba pasar, al menos una vez.

Ya cerca de terminar la educación primaria mi maestra jugaba un triple rol, además de atender a otros alumnos muy parecidos a mí, pero de menor edad, hacía labor social en la escuela y fungía de madre sustituta, por algunas horas, de compañeros de clase.

Fueron tiempos de rectitud necesaria y durante los doce años que estuve en el colegio mi maestra estuvo involucrada usando herramientas que permitían el ajuste del volante cuando desviaba el camino (con una frecuencia que indicaba un futuro incierto para mi) y que se reforzaban con miradas de reproche que eran suficientes para entender el mensaje y volver al ruedo en correcta formación.

Para la época que me gradué de bachiller, mi maestra además fue Directora de la Sociedad Educativa por lo que tuve el honor de recibir el Diploma de sus manos, de sus besos y sus abrazos.

Gracias a ella pude sortear la falta de cupo en la universidad, cuando tuve que regresar a casa con el rabo entre las piernas. Me recibió con amor, dejó que justificara mis fallas y 24 horas después me llevó a la Universidad donde finalmente hice el grado, para una entrevista con el Decano de la Facultad de Derecho quien se rindió ante su personalidad tramitando de forma inmediata mi admisión.

Y eso no es todo, además de aprobarle  la idea que  huir de los extremos en busca de equilibrio debía ser norma (que no ubiqué por esos días pero estuve cerca de), me ayudó con mi primer trabajo formal y pare usted de contar todo lo que ella ha hecho por mí y por otros, pero,  debo frenar el intento de recopilar lo  recibido en tantos años porque desde hace un tiempo para acá comenzó a darle clases de matemáticas a mi hija, sin querer nada a cambio, es más, una de las veces, intentando ser cortés, entorpecí una clase para preguntarle si quería un café, su reacción habla de lo astrales que son los docentes; levantó su mirada, se quitó los anteojos de ver de cerca, miró a mi hija con la señal inequívoca que la interrupción no solo era falta de educación sino de criterio y condensó en tres palabras lo que plantea el inicio del proceso evolutivo de la humanidad desde que los habitantes de este mundo comenzaron a valorar el guardar la experiencia para transmitirla de generación en generación.

-          Estoy dando clase.

Por supuesto, mi hija no solo aprobó el curso, sino que comenzó una labor que mantiene hasta la fecha, ayuda a sus compañeros usando la premisa aprendida de la ahora maestra de ella.

-          Debes saber que tanto entendieron tus compañeros en las clases de matemáticas como si nunca hubieses escuchado nada de la materia, es decir, intenta que ellos te den clase a ti.

Así, bajo esa dinámica de docencia recíproca no hay manera que la fórmula falle.

Mi maestra ha estado conmigo desde siempre y no exclusivamente en labores de orientación sino como parte fundamental de este desorden impredecible que es mi vida.

Desde hace un par de años la distancia me obliga a limitar el contacto con ella a una vez por semana, específicamente los jueves a las 10 de la mañana y de la mano del bendito teléfono móvil nos paseamos por una ceremonia de medias verdades a sabiendas que ambos no estamos bien y nos echamos en falta. He visto la progresión de su imagen por fotografías que me llegan donde se dibuja el paso de los días de una manera digna, sus cabellos ahora blancos certifican su estirpe noble, las arrugas en su rostro le dan 15 años menos, sus ojos conservan un resplandor que sugiere que aún la memoria está disponible, pero el aura que la acompaña es gris, por tanto, sus alumnos debemos hacer lo indecible para que recupere la tonalidad aguamarina, que según cuentan, es el color con que se reconoce a la esperanza.

Y cómo todo maestro que se precie, a sus 82 años está abandonada, sin reconocimiento por sus años de servicio pero con la llama docente intacta, en contacto con pocos alumnos que la ven como una segunda madre quienes escarban en su árbol genealógico buscando una rama distante que la conecte con ella y allí es donde gano la batalla porque aún soy su discípulo y no debo hurgar líneas en ningún cuadro descriptivo de parentesco para abordar una relación que tengo en forma directa, porque la mejor maestra que he tenido y tengo es mi madre.  

Monday, January 04, 2021

El silencio del niño Jesús:

Estoy  en  una  ciudad  donde  la cerveza  se  sirve  sin  recargo  con una tapa de tortilla y las palomas en invierno entran a picar las sobras que dejamos a nuestros pies y aun así extraño mi tierra azotada por la miseria en todas sus variantes. 

Pero resulta que no extrañar y hablar de ello es extrañar por medida doble y no extrañar y no hablar de ello hasta el punto de negarlo es quebrarte la vida a base de nostalgia, por tanto, lo mejor es extrañar porque eso si se puede mantener en reserva.  

Así pues, en estas navidades me dispuse a extrañar y distraer el tiempo de fuego bajo de la hechura del guiso de nuestro plato típico para meditar sobre la certeza que la vía que permita el regreso pasa por perseguir a los malos hasta atraparlos porque ellos sí tienen un plan que ejecutan con seriedad. 

Lo anterior era en esencia la base del cuento de navidad que pensaba escribir para que nadie leyera hasta que, más obligado que a gusto, fui a una de las reuniones de más de seis personas permitidas por la comunidad donde hago vecindad. Allí escuché una historia hermosa, trillada y tremendamente ajena a la realidad, pero con un mensaje importante para los no creyentes y que justifica porque Dios nos tiene al margen o al menos ha dejado de entendernos desde que su unigénito vino al mundo, se fue, regresó, se volvió a ir y entiendo que no tiene planes de vuelta como adulto hasta el juicio final. 

El relato se comprime hasta ajustar el tránsito de los hechos desde la adoración del Rey Sol, la lectura con pelos y señales del árbol genealógico de la Casa de David, hasta el nacimiento de El Salvador del vientre de una dama Virgen que no fue repudiada en un lugar perdido del mundo y rodeado de pobreza. 

El creador del cielo y la tierra, quien había intentado de todo para formarnos y ante la disyuntiva de seguir destruyendo pueblos y castigando a diestra y siniestra a sus seres consentidos, decidió mandar a la tierra, buscando entendernos luego del desliz del voto de confianza entregado con el libre albedrío, a su hijo que era él mismo (supongo que una parte de) y lo hizo y allí está el meollo, cómo primogénito de María.

Ese niño quien partió la historia en un antes y después, fue autor del primer discurso político, humano y esperanzador usando una figura literaria de repetición que hizo digerible el contenido por su fácil recordación, cuyo punto de partida, luego de ver a las multitudes y subir al monte, creo recordar fue ¨bienaventurados los pobres¨ y de allí sálvense todos los miserables, parias y poca cosa, grupo por cierto al que pertenezco con honores de guerra. 

El detalle que revela la ausencia de respuesta ante nuestras plegarias es que cada 25 de diciembre nace El Mesías, pero al llegar tiene todas las carencias que lo ubican como uno de nosotros y por ello lo hace con el mensaje anulado porque no puede hablar al no saber cómo hacerlo. 

Con todas las respuestas en su cabeza para hacernos mejores personas está condenado a aprender a expresarse y cuando está a punto de balbucear algo maravilloso y liberador, debe desaparecer de la mano de nosotros, por nosotros y para nosotros, sin poder continuar el camino que lleva a la madurez para renacer en navidad como parte de un bucle que se repetirá hasta que ordenemos la casa.

Por vida de Dios, ya es tiempo de dejarle vivir para atenderlo de otra manera, permitir que desarrolle su mensaje y adquiera actualidad, hacerlo norma de vida, aunque no seamos creyentes porque como dijo un amigo la respuesta no está en idolatrar, flagelarnos y ser parte de una ceremonia antiquísima que insiste en ¨haced esto en conmemoración mía¨ derogando su pedagogía, debemos actuar como si creyésemos y así, al conversar con el silencio, seguir celebrando el cumpleaños más importante del mundo occidental y escuchar lo que tiene atragantado hace un par de milenios el  niño Jesús.   

Sunday, October 18, 2020

Las Marías:

En el interior de la posada la virgen de Covadonga y la virgen de Coromoto se hacen compañía, pero quien ejerce señorío territorial es la segunda. Quizá por eso se llama Hacienda Las Marías, una parranda de hectáreas que son aprovechadas parcialmente para la siembra de café ibérico, cacao del tipo nigeriano y la joya de la corona, unas docenas de matas de cacao tipo Chuao que en tiempos de Pepe Bonaparte hacían las delicias de la corte. 

Para llegar al centro neurálgico, Juan nos recibe en un restaurante germánico donde se disfruta parcialmente la hermosa vista de la única colonia alemana que sobrevive en Latinoamérica donde es bueno visitarla para comer salchichas a la parrilla, codillo al horno y de postre fresas con crema o selva negra. Desde allí, medio abrigados, pasados por el aseo y listos para la segunda parte del viaje, nos encaramamos en un furgón de doble tracción para embarcarnos hacia el monumento Codazzi y de allí comenzar el tránsito de bajadas hacia el imperio de Juan y Vive. Y se preguntarán, cómo puede evadirse la inseguridad y la violencia a metros de donde se generan, pues, sorteando caminos mal asfaltados hasta llegar a una carretera de tierra donde se debe transitar a poca velocidad y a Dios rogando. Los delincuentes nos dejan pasar gracias al salvoconducto de hecho extendido al simpático asturiano quien hace labor social en los pequeños caseríos que se encuentran dentro de los límites de su propiedad, entendiendo que la licencia se renueva trimestralmente manteniendo la promesa, que seguro cumplirá cuando lleguen tiempos mejores, de reconstruir la escuelita, dotarla de internet y mejorar las instalaciones del puesto policial. 

La posada ubicada estratégicamente como si se tratase de un ojo nadando dentro de un triángulo, nos recibe con un portón antiquísimo sobre cuyo soportal de cemento tratado a mano ondean hermanadas la bandera de mi pueblo, la de Asturias y la de España. Juan lo explica muy bien, es venezolano de España, nacido en Asturias y a mucha honra. Al ingresar vemos como la locura de los emprendedores no tiene límite y más cuando se proyectan iniciativas imposibles de cumplir en un siglo, pero cada paso en el camino deja huella que habla bien del buen gusto y la tenacidad de sus dueños. 

Hablar de las habitaciones, las estancias, el zaguán, la zona especialmente situada para cocinar a la brasa, las neveras colocadas equidistantes para que entre ellas las cervezas heladas que reposan en sus entrañas no estén separadas por una distancia superior a once metros, de eso, claro, para el huésped es alucinante, una especie de palacete indiano en la mitad de ninguna parte. A mi me llamó la atención el ingenio que permite surtir de electricidad a la casa por medios hidroeléctricos, una máquina de principios del siglo XX que permite a su vez alimentar con energía a un artefacto de secado de café de la misma época que nos llena de orgullo al dejar constancia que alguna vez por estos bares fuimos gente. 

La posada está custodiada por agua, riachuelos que bajan de la montaña trayendo entre sus cauces agua pura y fría colmando el ambiente de un arrullo permanente que nos hace olvidar que a menos de 5 kilómetros, escondidas entre matorrales y mal dotadas, se encuentran varias casuchas que sirven para esconder a secuestrados. 

A las 6 de la mañana del siguiente día me espera un café colado y con peque salgo a recorrer los linderos del parador empezando por cruzar un pequeño arroyo que da entrada a una serie de mesetas conectadas en zetas hasta llegar a la cumbre. Cuando mi compañera estaba más pequeña y me preguntaba por el nombre de las plantas que nos encontrábamos en el camino le comentaba que eran una sucesión interminable de cafetos, cacaos, bucares y otros nombres que inventaba siguiendo la pauta de medicamentos que terminaban en x, así habían oxirix, safex y andyx, que seguramente no daban frutos por ser inventados. Al llegar a la cumbre podíamos observar el vasto imperio que era regentando desde la posada y sin duda era un paisaje que llama a volver. Luego de verificar que la manguera para llevar agua a los sembradíos había sido de nuevo cortada por los invasores habituales, comenzábamos el descenso de flores desde un terreno que fue aplanado para servir de helipuerto. El agua nos guiaba hasta las escaleras que daban a la parte de atrás de la cocina donde me esperaba más café para luego dirigirme hasta la oficina del dueño colmada de fotos que dejan constancia de su gloria deportiva, Juan aún después de 30 años sigue siendo el máximo goleador de la categoría que está un paso atrás de la segunda B. 

El verdor de la zona es tan intenso que duele, el aroma de café, cacao, leña de cafeto ardiendo acompañan nuestros baños en el rio para luego de estar cerca de morir por hipotermia, ingresar en el complejo y seguir disfrutando de una piscina colmada de atenciones de tan hermoso matrimonio. Yo llamaba a la hacienda el paraíso de las despedidas. Allí pasaron sus últimos días en el país él Le y el borrachito con sus familias y allí también, sin saberlo, aunque Juan lo presentía, me despedí de mi tierra expulsado por la maldad, que ahora hace vida en la cabeza del loquito de Aíren con quien ya no hay forma de mantener sociedad. Espero con ansias que el destino comience a girar contrario a las agujas del reloj y así volver a las Marías estrenando su nueva razón social, la Hacienda del regreso.

Friday, August 07, 2020

Verano oriental:

Después de despedir a nuestros entristecidos perros, dejándolos al cuidado de Chachi, quienes intuían desde hace días que había un viaje en puertas, me dejaba vencer por la tentación de llenar un termo de buen café antes de tomar camino, sabiendo que por efecto de su ingesta mientras conducía, la primera parada debía hacerla unos kilómetros antes de la planificada únicamente para vaciar aguas menores.

Viajar hacia el oriente a primeras horas del día nos sumerge en el verdor de la cordillera central bañada de luz solar que se cuela entre túneles vegetales.  La temperatura aumenta a medida que bajamos; la ciudad donde se origina el viaje está en medio de un valle a una altura aproximada de 1.000 metros sobre el nivel del mar y el lugar donde haremos la conexión con el ferry se encuentra a un par de centenas de kilómetros y como dicta la lógica no es necesario comentar que se encuentra a nivel del mar. El recorrido atraviesa parte del distrito federal, para luego internarnos en una comunidad bulliciosa, con alta concentración de población que forma un cinturón de miseria mientras más cerca está de la capital, hasta llevarnos de paseo por pueblos de artesanos que se resisten a ser solo estadística de pobreza.   

La costa en ese territorio es más bien turbulenta, de arena gruesa y agua tibia, surcada de edificaciones cuyo abandono progresivo permite determinar, aunque seamos incapaces de asimilarlo, que nuestra debacle tiene tiempo convirtiéndonos en sapos flotando en agua que cada día gana un par de grados de temperatura. Pero eso, si bien me importa, no impide disfrutar del olor de mi tierra diversa y tolerante, de los mangos que pocos recogen, del sonido de aves cuyos cantos se entrecruzan sin aturdir, de flores salvajes de tal belleza que hacen del arcoíris una pobre versión de la paleta de acuarelas y de bodegas que mueren de mengua por no tener que vender salvo una buena cerveza fría.

Recorrer la carretera que bordea el litoral me lleva a una distancia de 38 años vista, cuando siendo muchachos salíamos de clase los viernes y tomábamos un autobús que nos dejaba en San José a eso de las 9 de la noche, para, luego de aliviar el hambre, seguir camino hasta una playa cerca de un club cuyo vigilante nos dejaba usar el baño, único requisito para hacer campamento cerca de su fachada exterior. Siguiendo en el presente probable y estando ya en la segunda parada planeada, estirábamos las piernas, comprábamos zumos y un par de envases de queso cuyo nombre tiene origen en la conjunción de otros dos, Guayana y mano, para luego disfrutar dentro del coche, con el aire acondicionado a todo dar, un pastel de carne que cada vez quedaba mejor.

No entiendo porque no llegaba a procesar que la entrada a la ciudad que convive con la que cobija al puerto del ferry no era sinónimo de haber llegado. Al entrar bajaba la velocidad hasta que el tráfico y el despertar de la memoria me hacía caer en cuenta que si no me daba prisa no sería posible abordar el barco. Gracias al cielo al final lográbamos salvar la tercera etapa del viaje que nos permitía navegar la distancia hasta la isla, en un tiempo aproximado de cuatro horas.

El trayecto tiene su encanto, navegar por aguas tranquilas y azules permite meditar entre delfines con la esperanza de avistar algo que ya es historia, nuestros imponentes cachalotes que el tráfico de barcos con seguridad alejó. Como estamos en tiempo de reacondicionamiento ambiental gracias a confinamientos masivos, espero que los gigantes vuelvan a sus aguas.

Renuncié a beberme un par de frías en el ferry porque la realidad no juega en favor de quienes comienzan, siguen y la reseca toma el control antes de llegar a puerto, por lo que, siguiendo a la madurez de espíritu, que en mi caso siempre combate con la razón, decidí, como parte de una tradición,  aguantar las ganas hasta llegar al bar del pueblo cerca de la casa, que más que un bar era un local en ruinas dominado por  una nevera modelo sesenta, con apariencia de ser de acero, doble compuerta, donde las cervezas se conservaban como culos de foca y lo único desagradable del trámite era si las servía el encargado que vendía de todo tras el refrigerador por lo que para evitar el disgusto las sacaba yo.

La primera se evaporaba en mi garganta y la segunda la disfrutaba en el vehículo ante la mirada de mi esposa que ni condenaba ni transigía. Los últimos kilómetros del viaje eran un suplicio; aunque me lo aseguraban muchas veces, siempre imaginaba que al llegar el aire acondicionado en la casa no funcionaba y pasaríamos doce días entre calor y mosquitos sin hablar de cristo. Por supuesto el aire funcionaba y sin saber cómo porque la mente se ocupaba de acelerar los hechos hasta hacernos flotar en la piscina, cerrábamos la jornada con la satisfacción de haber llegado a salvo.

Recuerdo que algunas veces nos acompañaban familiares que intentaban romper la felicidad por la forma loca cómo aseguramos que la vida nos adeuda, pero todo se salvaba al llegar a la playa, disfrutar de la mejor costa del mundo, beber whiskey escoses con agua de coco, mientras la señora que mejor las hace se dedicaba a freírnos docenas de empanadas rellenas de cazón y ají dulce.

Allí es donde quiero retirarme, y pasar un verano eterno. Difícil la posibilidad de hacerlo, pues si, ahora estamos ante lides enredadas, pero para tener futuro debemos procurar el rescate de nuestra tierra e intentar ser lo que nunca hemos logrado, personas benditas y agradecidas, dueñas del paraíso y responsables de la complejidad de gestionarlo.

Para cerrar, comento que la cumbre del viaje era lograr al regreso explicarles a nuestros perros las razones de nuestra ausencia, porque entendían que era abandono, por tanto, espero volver pronto para que sepan que no ha sido así. 

Saturday, May 09, 2020

Algo de geometría tiene la vejez


La plaga me ha reducido a ser un adulto mayor con restricciones de movilidad y alejamiento social, es decir, un viejo que no puede ir al bar a beberse una caña y ver el fútbol mientras hablo tonterías. Para aplacar a los demonios que me dieron alcance, intento remediar mi abatimiento proyectando sobre mi presbicia algo de nitidez. El confinamiento tiene entre otras complejidades dos vertientes que me afectan más, cuyo símil matemático en su visualización serían el perímetro de la mente y su área.  En el perímetro palpita, sin solución de continuidad, la obligatoria interacción con mis compañeras de celda, que son tan buenas y pacientes que permiten disfrutar la libertad en espacio reducido y además promueven el contacto vía medios electrónicos con otras personas que me importan para transmitirles un mensaje de aliento, amarrando la certeza a lo etéreo de un final que a su vez será el principio de algo mejor. En otras palabras, al salir de esto, seguramente lo haremos siendo mejores en un ambiente que por efecto será más amable porque dejaremos de lado conductas que destruyen nuestro planeta. Como se puede observar la simpleza permite tener relativamente atados los lados que forman el perímetro al verse reforzados sus vértices con el efecto que da la inconsistencia y/o alternancia de sucesos adversos y benditos. Ahora bien, la situación se complica cuando me sumerjo por aproximadamente cuatro minutos cada vez, varias veces al día, en el área de mi mente porque allí lo que hago es dar patadas a los recuerdos dejándome sin fuerzas, con los sentidos anulados y a las puertas de dejar de vivir por miedo, corrijo, me dejaban sin aliento, porque ahora cuando lo hago navego junto a mis antepasados y amigos, unos con vida y otros no  y al hacerlo vacían en mí, además de amor convertido en oxígeno, algunas instrucciones que al inicio de la jornada siguiente intento que también lo sean para mis compañeras de confinamiento. La mejoría comenzó el día once de encierro durante el intervalo de veintitrés segundos consumidos entre el volver de comprar el pan hasta el someterme al rocío del líquido limpia vidrios (que según dicen reduce el tiempo de vida del virus en los zapatos a unos pocos minutos después del descalzado) cuando me dio por pensar que dejar de vivir y morir no eran sinónimos, siendo que en la práctica efectivamente no lo son. Desde esa coordenada se asoma una difusa reflexión, mientras esté con vida pierdo el derecho a quejarme si aún puedo ir al baño sin ayuda. Cada día, un par de conocidos se suman a la tertulia solo para saludar y así hacerme saber que ya no están.  No es bueno saber que mis amigos han muerto cuando vienen a visitarme en la angustia de mi área, pero lo acepto con gusto a la otra alternativa, imaginarlos depositados sobre una pista de patinaje sobre hielo. Rodeado por los espíritus de mis pares y nones pasamos el rato hablando de dolores y la certeza que siempre van a estar allí, aún después de muertos. Por falta de aminoácidos el cuello ya no gira como antes, por eso entre mi abuelita y sus buñuelos de yuca bañados en miel y mi madre con su biscocho batido a mano, recibía la derivación acústica romboidal de escucharlas en el punto de corte sin ponderar sus afectos, pero eso sí, apreciándolos. No hay duda que con los años la mente se vuelve obesa, lenta, falta de azúcar y allí puede estar la explicación a la demencia que no siempre es mala si persiste una esfera donde se refugie la memoria.  Pensé que con la edad la vida se simplificaba en su ejecución y se complicaba en movilidad, pero no, ahora tengo tiempo para revisarme y por ende pude notar que mis huesos han empezado a buscar salida atravesando los poros, por eso ahora tengo que retirar a diario una capa de calcio que se posa sobre mis pecas. En el área bromeamos comentando que gracias a la cantidad de viejos caídos en combate al fin se hará viable la cuadratura del sistema de pensiones.  Sin conexión con el sentimiento de ausencia al extrañar a los míos me provoca llamar a mi hermana y sacarla un poco más de sus casillas recriminándole la desaparición de una moneda que fue mi isla del tesoro, buscando evitar que se ahogue en la deuda que no se puede pagar, la muerte de alguien a quien amamos y odiamos simétricamente y que por vida de Dios está bajo nuestro cuidado. Perder la razón por vejez tiene la ventaja que gracias a su ausencia todo se vuelve realidad, por eso tengo mayor interés en hablar con los perros que elevar una plegaria.  En un mundo que va para peor sin si quiera poder proyectar las coordenadas de la figura que resultará tras el paso de la pandemia, sin duda el instinto da por inferir que no irá bien para el desecho que somos los viejos, más cuando estamos entrando en la última curva de la elipse que nos sirve de hipódromo. Lamento concluir, pero debo dejarlos porque a los 8 salgo a aplaudir a quienes nos atienden las fallas de salud, que no puedo llamarles sanitarios porque así se conocen en mi pueblo a los baños de los tugurios.   

Friday, September 20, 2019

Las abejas y Castilla-La Mancha:


La semana pasada tuve la oportunidad de visitar Castilla-La Mancha antes de la Gota Fría, y allí, luego de suponer que había asegurado un negocio que luego se abortó por mi incapacidad de tolerar al gamberro quien amaneció el día siguiente con ganas de lanzar todo por la borda cambiando las condiciones de asociación pactadas por oportunista, cuando la verdad fue que la mujer no le permitió acceder a unos cuantos pavos, pues allí en medio de paisajes que dejan sin aliento y un queso estupendo maridado con cañas,  me encontré con un sujeto con nombre de cuerpo celeste modo vía láctea, quien deferencia de por medio, me habló de su pueblo y de las abejas. Aparte de ofrecerme una visión del lugar absolutamente inversa al sentido común (pero a su vez muy valiosa), el hombre mezcló su saber sobre abejas y hormigas con la contradicción que se plantea al hablar de humanismo, de niveles superiores a los que se accede a punta de estudio, meditación y desprendimiento; de la realidad de nuestra eteriedad amarrada a una temporalidad limitada y del deber ser entes espirituales y trascendentes de la mano de la solvencia económica que obliga el vivir dentro de un mundo consumista. Vamos a ver si me explico; por logros obtenidos (hablando de la humanidad y no de gobiernos) es justo ser menos materialistas, incluso debemos obtener sin costo algunos alimentos y servicios. Por otro lado, sin duda estamos destruyendo el planeta, y pasamos por una crisis que apenas comienza donde el agua potable y los alimentos van a ser insuficientes para tantos y en consecuencia el precio de lo que consideramos valioso perderá fuerza al no tener como negociarse en un mercado con recursos naturales no renovables y en vías de extinción. Si vamos más allá y nos atrevemos a corregir el sistema que nos abruma, debemos promover el ahorro de energía, la sustitución por alternativas verdes, el aprovechamiento de tierras para cultivar alimentos sin cambios genéticos, sin pesticidas y sin abonos químicos, cuidar el agua, proteger los ríos, etc., etc., etc., pero para ello debemos contar con dinero suficiente para hacer dicha labor financieramente sostenible. Pero ¿De dónde vía impuestos o donaciones se ubicarían los recursos para tamaña faena? Pues de fábricas que contaminan, de empresas que procesan los alimentos convirtiéndolos en veneno, de instituciones financieras que valoran más los commodities y la especulación de sus títulos, de empresas de telecomunicaciones que nos vuelven adictos y nos espían, de compañías que esclavizan a seres humanos en países tremendamente pobres, de firmas que atienden las necesidades que se generan en los conflictos armados y en fin de los mismos agentes que con su accionar están acabando con este mundo de todos. ¿Y las abejas dónde quedan?, la respuesta que las ubica como seres de otro planeta o de otra dimensión, eje de un movimiento espiritual de avanzada no la voy a tratar porque no entendí esa parte del mensaje, lo que puedo ver es que deben estar intuyendo algún cataclismo porque en los bares en donde hago vida puedo verlas en cantidades impresionantes, menos agresivas, construyendo colmenas cuyo peso dobla árboles y en una tarea de vivir y de acaparar alimentos (supongo que miel) en un mundo con menos flores, aprovisionándose para tiempos que auguran difíciles. Mientras tanto nosotros en esta estupidez progresista que se da la mano con su némesis: quienes no reconocen el cambio climático. Como saben, la Gota Fría que luego golpeó cerca de donde estuve arrasó con todo, pero curiosamente no vi a muchas abejas afectadas. En fin, ahorrar agua, no botar basura (o botarla donde es para reciclarla), regular y controlar el modelo de empresa depredadora, aprovechar los alimentos y compartirlos con quienes no tienen y ahorrar electricidad deben ser las consignas, como buenos primeros pasos, que debemos abordar para ver si le damos paz a las abejas.  

Sunday, July 21, 2019

La frontera y la bicicleta.

No practico ninguna devoción pero luego de lo abajo narrado, además de evitar el estar ahora prisionero y con seguridad torturado, el único objeto que no sufrió corrosión fue la estampa de Vallita que llevo en mi billetera.  
Desde el instante en que recibí la copia del documento de identidad, cuya pretensión de pasar por original no cuajó (la lógica era atender la máxima “deseos no preñan¨), con mi fotografía y los datos de otro individuo sin antecedentes penales, debí hacerle caso a la razón y abortar el intento de pasar la frontera por la Guajira en bicicleta.
De huir, pues convenía hacerlo, múltiples medidas judiciales me ubicaban en el rango de opositor legitimador de capitales y financiador de terrorismo, sentencia de moda que escupen juzgados en mi país hasta para forzar el cobro de una letra de cambio.
Como era un fugitivo a quien todo el mundo buscaba, pero nadie ubicaba, decidí resolver un par de asuntos antes de salir del país, que giraban en torno a despedirme de los míos, asegurarme que un par de ellos también se fueran y dejar firmado un mandato para atender mis miserias terrenales. Como las medidas judiciales que pesaban sobre mi nombre me impedían, en teoría, firmar nada por Notaria, usé el tírame algo (forma coloquial de extorsión), para lograr resolver el detalle documentario.
Por la ausencia de valor de la moneda nacional no se estila pagar con ella, se usa el trueque, principalmente de alimentos, medicinas o favores, que en mi caso y por mi físico los favores nunca serian del tipo sabrosón. Refiero lo anterior como el inicio del cuento que por fuerza y deseo debía situarme a pocos metros de la frontera, para así abordar la bitácora o al menos comenzar la narración cuando mi cuerpo hubiese tomado camino hacia allá.
 El favor que me pidieron para otorgar el fulano papel fue que llevara una bicicleta como acompañante para entregarla al cruzar a quien entiendo la espera con ansias. El no por respuesta duró poco porque el encargo iba cortejado de una faja de billetes verdes que representaban varios miles de salarios mínimos de los de por aquí, sumado a la promesa de transporte sin costo hasta el límite entre territorios hermanados por la historia y enemistados porque así somos y luego, desde los primeros metros del país vecino hasta Riohacha.
La bicicleta, para quienes tengan interés en saberlo, era del tamaño de una yegua de las conocidas como ¨cuarto de milla¨, marca Benotto, modelo 1.976, armadura azul profundo con volante en forma de uve poco curvada que terminaba en los frenos y en su derecha una campanita que se accionaba al presionar un artilugio escupiendo el típico sonido del portugués vendedor de pan casa por casa, recuerdo de días distantes cuando aún en mi tierra encontrábamos gente buena. Del asiento, pues ni hablo porque sería adelantarme a la lesión que me privó de descendencia por su extraño diseño.
Como debo reducir el relato para no exceder lo pautado en las bases,  voy a evitar mencionar al vehículo que me llevó a la frontera y la custodia de tres policías que me secuestraron para luego entregarme a las autoridades, tampoco el describir el mal rato de saber que el documento de identidad casi me lleva directo a la cárcel por su baja calidad, junto al negociado que me dejó sin Dólares después de jurar que no estaba en actividades conspirativas, hasta terminar con mi puesta en libertad de manos de la bicicleta (pude convencer a mis captores que pasarla era cuestión de vida o vida)  hasta el puesto de migración civil (hay varias alcabalas militares, policiales y civiles para poder abandonar el país) que por no tener pasaporte ni dinero, de seguro no iba a poder franquear.
Lo que si merece la pena mencionar es que todos los funcionarios quienes robaron mi dinero tenían la esperanza que las cosas cambien porque la vaina está muy jodida. 
La siguiente escena me ubica con el resto del dinero (los policías no revisaron mi billetera porque sabían por experiencia que los fugitivos usaban la ropa interior y las medias para ocultarlo y eso me salvó), en un atajo, largo y árido, controlado por Guajiros gracias a la protección legal que para nada aplica, pero les da jurisdicción especial sobre parte de los territorios indígenas (patente de corso). 
Debo ser justo, no hay malos ni buenos en esta aventura, somos el producto de un estado de necesidad que no cesa y que obliga a miles de muchachos a dedicar la jornada en obtener (en envases plásticos  de un cuarto de litro) un par de litros de gasolina para alimentar una cadena humana que se extiende por varios kilómetros, cuya única misión es llenar un camión cisterna tan viejo y distante que al verlo su imagen se hace difusa, por allí explican que  el efecto visual se produce por el calor y el vapor del combustible que litro a litro se vacía hasta topar la capacidad del depósito que asemeja el caparazón de una tortuga prehistórica.
El comercio ilícito de combustible, drogas y alimentos, la procesión de miles de hambrientos entre cuyas filas se colean delincuentes de poca y mucha monta hacen de la frontera una zona que sirve de caldo de cultivo de grupos irregulares quienes la siembran de violencia  pero, lo que más impresiona, además de llegar a salvo a tu destino si pactas el paso con los malos, es el control que ejercen niños indígenas (con armas de guerra al hombro) de las cuerdas que cada veinte metros sirven de peaje.
Visto que se acerca el final sin haber dado en el viaje con algún unicornio ni con ningún héroe enmascarado, debo eso si referir la certeza de estar enmantillado al no sufrir tormento. Además de hacerme cargo de haber logrado el tramite quebrando normas aduaneras, le cedo el paso al colorín colorado; la bicicleta llegó hasta los brazos de su dueña y gracias a ella también este servidor.


Saturday, January 05, 2019

La duende



Pretendía usar en este relato navideño el camino fácil de un par de lugares comunes y no menos rudos, de cuya mezcolanza hace tiempo que se forma nuestro gentilicio. El primero se conecta con la tragedia que padecemos en nuestro país y lo duro de migrar huyendo,  la mar de las veces a pie hacia destinos que sin duda ni nos esperan ni nos dan la acogida  que nuestros ancestros les dieron a sus ancestros, sin vacilación debo acotar que lo anterior faltaría a la verdad porque quienes nos reciben en su mayoría no solo lo hacen con la solidaridad de hermanos sino que toleran nuestros abusos y sufren el cambio territorial y social de esta ola invasiva que no cesa. El segundo se apoya en explotar el cambio de horario y clima combinado con pasear por supermercados llenos de navidad (contrario a la nada de los propios) que por razones de presupuesto se aleja de nuestras mesas. En otras palabras, manipular al jurado que por compromiso debe leer algunos de los escritos que compiten para intentar lograr solidaridad no con la calidad de la obra sino con el vía crucis de alguien que tuvo que salir por la fuerza de la tierra de sus amores. Descartado lo anterior por vergüenza visualicé a continuación la narración en la cena de Navidad en casa de mi abuela, cuyos preparativos comenzaban días antes, festivos todos,  llenos de cerveza y tangos argentinos cantados en Lituano desde un disco que desafiaba la historia ya que eran las canciones de Gardel grabadas  en la misma época, Atlántico de por medio, que cuando el Morocho del Abasto dominaba Buenos Aires y por efecto al mundo, pero la longitud que exigen las bases de este concurso no le harían justicia a mi vieja y la maravilla de llenar la mesa con doce recetas, una para cada Apóstol incluyendo el favorito de Jesús, buñuelos de yuca bañados en miel, y la obligación del invitado de probar al menos una pequeña porción de cada uno.  En el trance de exprimirme la cabeza combinando aventuras para dar con una historia rescatable, me tocó servir de acompañante a quien por su país de origen no podía, aunque sin argumento legal válido, abrir una cuenta bancaria y por lo gratificante de la experiencia di con el cuento de Navidad. Después de salir del Metro y recorrer un par de calles bajo frio y azul esperanza, nos esperaba una señora que es el vivo retrato del personaje de Quino, quien había envejecido de buena manera, superando su pesimismo, volcando su propósito de vida en hacer realidad la posibilidad de miles y no exagero con la cifra, de connacionales que pueden formalizar su estancia al acceder al sistema financiero español. Por cierto, abstenerse bandidos porque os huele a leguas. Algunos dirán, no sin razón, que es parte de su trabajo y al abrir a diario tantas cuentas como puede la limitante del horario, la dama debe ganar ingentes bonificaciones por resultados de gestión, pero debo interrumpir con una certeza a los desconfiados de oficio apoyándome en lo que pude presenciar en la primera línea de fuego yaque si a ver vamos,  ella expone su pellejo. Quienes emigramos como ultimo recurso llevamos una carga que tiene su equivalente en la imagen de transitar con una nube negra que no se disipa, a veces su tono adquiere una ligera tonalidad grisácea y cuando ocurre podemos asumir que fue un buen día, así que llegando diez minutos antes a la cita pude observar una larga fila en las afueras de la agencia bancaria de seres cuya característica común era la bendita nube sobre sus cabezas esperando el turno para que una de las duendes del Niño Dios espantara la formación gaseosa de la manera como se acaba con las nubes negras, haciendo que llueva, vía solidaridad, amor, amabilidad y don de gente en un espacio copado por los colores de nuestra bandera que aun en las peores circunstancias asociamos con los milagros. Los ahora bancarizados salían de la oficina bañados en lágrimas que al brotar secaban la nube, con la herramienta financiera que permite dar el segundo paso en el viaje que busca arraigo. Lo que no supe de la hermosa mujer, homónima del personaje de Mafalda arriba mencionado, era si la vida la había premiado con un buen matrimonio, rodeada de hijos que si los hay deben saber que tienen una rolo de madre. 

Monday, April 24, 2017

La marcha

Existen muchos cuentos de camino en mi pueblo, por eso es que lo que sigue puede ser otro del tipo ¨al cerrar la puerta de la habitación esta se queda sin luz¨.
Un viejo conocido, a quien quise mucho, decía que somos buenos para hacer amistades instantáneas y luego lanzarnos a la poca profundidad de un mar de tonterías que nos hace simpáticos al mundo, pero somos otra cosa, o algo más, básicamente la bondad nos arropa y si no estamos armados y pasados de palos seremos gente más o menos normal.
El detalle se presenta en mi caso cuando el tiempo pasa y no avanza, secuestrado como estoy de mi propia incapacidad para salir adelante y de mis ganas de tener un país que nos cobije a todos. Debido a lo anterior, debo contar un par de detalles antes de partir, si sobrevivo, desde ese grupo multicolor de miles de piezas que en nuestro caso hacen aeropuerto, o más bien una obra cinética que sirve de antesala de.
Para nadie es un misterio que por nuestra forma de ver lo que por estos lares llamamos vida, estamos rodeados por los bandidos, quienes, si se les ve bien, son más bien hermanos atrapados en un discurso intergaláctico, ajeno por efecto al ser humano y más cercano a Francisco, ergo imposible, manipulador y garante de réditos si lo usamos con la cara dura.
Es el caso que, el agotamiento me llevó, de la mano de una batalla que he tratado de esquivar desde hace mucho tiempo, a firmar un compromiso por la libertad, ahora que esta cerquita y para ello me incorporé a un grupo vecinal que tenía entre sus planes inmediatos recorrer 17 kilómetros hasta unos de los puntos de concentración de una marcha que a mí se me antojaba insurgente.
La reunión estuvo plagada de lugares comunes que nos situaban en los tiempos cuando huíamos de los dinosaurios y aun no habíamos descubierto que el fuego podíamos iniciarlo al chocar un par de rocas, pero como había roncito y limón pude transitar el camino sin que se me acatarrarán las gónadas, hasta que, luego de ser evaluado físicamente quedé en un equipo de marchantes en primera línea para la batalla, que si lo vemos como es, pues es, carne de cañón.
Miedo en ese momento no me dio y al no reaccionar como corresponde fui tomado por valiente, ajeno a futuro, lo que puedo explicar ya que la vida me la había bebido hasta agotarla y por tanto era algo así como un desahuciado, alguien capaz de respirar bajo el agua porque había recibido de los demás demasiado y por efecto era tiempo de comenzar a compensar del brazo de aquel error de conjunción que habla de pagar de vuelta.
Pero antes de irme a liberar a la patria debía hacer una penúltima gestión, en el entendido que era posible que no regresara.
El padre de mi otro amigo había muerto el 12 de octubre del año pasado y por razones que no vienen el caso porque me dejarían mal parado, no le di el pésame personalmente, lo hice con una llamada lamentable al oírse al fondo el choque de vasos y el crepitar de las brasas.
Lo que me movía hacerlo ahora era aprovechar la visita para que, entre pasos llevados por una conversación cuya argumentación no sentiría (aquí entre nos, la muerte del viejo no me afectó ni un ápice), recorrer las áreas  de la casa hasta la librería, cuya saturación de espacios de parte de una colección de géneros literarios, desde que recuerdo me hacia la boca agua.
La única vez que tuve el privilegio de verla fue hace unos años al escabullirme como en películas buscando el baño, en una reunión donde no me invitaron de manera directa, más bien aproveché la cercanía que tenía con mi amigo para disfrutar de buena comida y bebida a cambio de mi mal comportamiento. Hay familias que disfrutan tener a la mano a una oveja negra para lucirla de cuando en vez, mayormente para demostrar caridad cristiana y a mí el papel me caía a la medida.
Pues bien, en esa oportunidad pasé varios minutos observando sin atreverme a tocar ninguno de los miles de títulos que se agrupaban sin orden (salvo los que desarrollaban estudios jurídicos, colocados con ánimo de privilegio).
Esta vez, al llegar a la casa vi su deterioro, el polvo se acumulaba sobre las áreas que mi amigo había adaptado para que su familia hiciera vida social y con ello prevenir en algo los efectos de la inseguridad.
Una sombra encorvada me esperaba en la antesala, los restos de mi amigo tenían en sus manos una cerveza a medio llenar que se veía, por el calor en lo externo de la botella, el ánimo de beberla a sorbitos para estirarla hasta no más.
Como muchos aquí, estoy negado a reconocer la anormal disminución de peso del prójimo, por hambre maldita sea, pero como debía controlar a que la arrechera me llevara a una subida de tensión sin vuelta atrás,  decidí liberar a lo que soy, un belcebú mezclado con arlequín como supongo que cuenta la canción de Queen.
Le tendí la mano, me respondió con un abrazo, le pedí el baño para iniciar el baile que ya conté. Al llegar de vuelta a la biblioteca, devastada por haber vendido sus títulos más valiosos a cambio de un par de cobres para después negociar a precios imposibles harina de maíz y azúcar, volví a abrazar los huesos de mi amigo (ahora si con amor), le di un par de besos y lo vi a sus a sus ojos vidriosos y ausentes de vida, sin su hijo a quien perdió por la falta de medicinas para atender con insulina la falta de, sin su mujer que se cansó de padecer sin recibir consuelo, y quise darle algo de mi grasa, pero como eso es imposible acepté marchar en primera fila, no sin antes tomar de entre docenas de libros a La Piedra que era Cristo, de Miguel Otero Silva, porque muestra el rendirse a la verdad aun siendo no creyente pero actuando como sí fuese.

Friday, March 10, 2017

La fila

Con algo de dinero que me llegó inesperadamente y luego de pagar cuentas que sorprendieron a mis deudores al haberlas dadas por perdidas, me di a la tarea de visitar un par de librerías buscando textos con precios regulados, entendiendo que, aunque suene disparatado, el libro es un producto de primera necesidad. 
Como se puede observar de seguidas, esto no es una crónica en sentido estricto porque debería explicar varias combinaciones de palabras que al lector foráneo le suenan a vacío, como serían los casos de ¨precios regulados¨ o ¨productos de primera necesidad¨ cuya combinación en un párrafo de corta extensión producen una variante económica conocida como ¨bachaqueo¨.
Pues bien, al entrar al Centro Comercial pude observar que había en sus entrañas una de las tantas filas que nos atosigan y ofrecen la sospecha de expendio de productos de primera necesidad, del tipo alimentos (y ahora si tiene sentido la combinación de palabras ¨productos de primera necesidad¨), donde la sucesión de personas, puestas una detrás de otra, humilladas, era para adquirir, y cito, ¨algo que iba a llegar¨.
Por supuesto no pensaba participar de dicho evento, pero, de la nada, un sujeto mal trajeado como guardia de seguridad privado se colocó a once pasos de lo que sería la mitad de la fila y a viva voz hilvanó una frase que sembró en la concurrencia la certidumbre que en Venezuela estamos malditos.
-      -  Hoy no viene el camión, pero va para el otro supermercado.
Como en esas series de zombis, la brisa que no era mucha por cierto, se detuvo y el mal olor que llevamos al no tener jabón de tocador ni desodorante se apoderó del espacio al tiempo que lentamente se retiraban los bachaqueros.
Sin quedarme a observar el éxodo fui hasta el espacio donde antaño se ubicaba la librería para ratificar lo que me cuesta entender, los chinos están entre nosotros, llenando con sus abastos, modelo quincalla de baratijas, cualquier local de negocio fallido.
Con la mente en ninguna parte comencé a caminar hacia la salida cuando un tumulto de aproximadamente 110 personas corría hacia mi gritando – Si viene, coño, si viene.  
Una señora que vio que mi perplejidad no me permitiría escapar de la estampida, me tomó del brazo ubicándome  en el puesto once de la fila, sin tener a nadie delante de mí, no sin antes comentar con voz firme.
-       - Mira escuálido, como te salvé la vida, me vas a marcar diez puestos delante de ti, ¿entendiste?
-       - Si, fue lo único que pude susurrar.
-      -  Ok, mi nombre es Matilde pero me dicen la Shuki y vengo en un par de horas, no te vayas a mover.
-       - ¿Y si avanza?
-       - Pues avanzas pendejo.
Claramente no pensaba obedecerla, ahora con dinerito en mano era una suerte de potentado ante tanta miseria, además, en un par de días partiría hacia Madrid por lo que no me importaba un carajo conseguir harina de maíz a precio vil, pero debo reconocer que mi viejita si necesitaba y ella lo que menos se espera es que quien la tiene abandonada le llegue con un par de paquetes que le permitan llenar su estómago unos días.  
Finalmente decidí que debía dejar de lado el orgullo al creerme superior (mi amigo sacerdote se perdió en la explicación de este pecado y la interpretación popular de la palabra) y mantenerme en la fila que ubicaba la incertidumbre de llegar hasta un espacio del supermercado donde se venden productos importados a precios regulados.  
Una coincidencia astral permitió que pudiese continuar el proceso ya que mi documento de identidad termina en cero por lo que nace un derecho que se extingue con la luz solar o más bien cuando se agotan los productos.
Hablando ahora del trámite, la primera particularidad que se observa es que la vigilancia de la fila está en manos de militares agrupados en partes desiguales con una identificación de varias letras mayúsculas en sus chalecos antibalas, donde la palabra pueblo está en minusvalía con respecto a la palabra bolivariana y al observarlos se intuye que cumplen la función de control del orden público, aunque no están habilitados constitucionalmente, más aun por las armas de guerra que portan con mucha ligereza.
El asunto tiene una dinámica que mezcla la idiosincrasia (somos lo que somos y estamos como estamos por lo que somos), el humor en cualesquiera de sus estados, el control de esfínteres y sobre todo la falta de seguridad de acceso al producto que ese día se ofrece ya que cuando finalmente la fila comienza a avanzar se inicia una lluvia de decenas de personas que estaban en la fila sin hacerla porque habían ¨marcado¨ el puesto (yo mismo estaba marcándole 10 a la Shuki). Lo que sí está claro es que todos, en plano de igualdad estamos en manos de la duda, aunque debo reconocer que, como en todas las situaciones de vida, las mujeres, benditas sean, son las que soportan la calamidad con estoicismo para atender a su rebaño.
La experiencia coloca el tiempo con el efecto de leer un mal libro durante una turbulencia aérea, es decir mientras avanza se siembra en la conciencia el ¨falta menos para terminar¨, pero la realidad es que quienes atienden el llamado del hambre saben que son seres despreciados, víctimas de la violencia y el miedo, sometidos a la humillación de padecer durante horas para llevar algo de comida a la casa.
Eso me hizo sentir fuera de lugar, usurpando un espacio que debía ser de otro con mayor necesidad que la mía, hasta que, luego de escuchar miles de cuentos que me agobiaban por su crudeza, contados entre risas, pasé a formar parte del grupo de mendigantes, quienes antes de hacerme uno de ellos a fuerza de cariño, me cobijaron (haciéndome ver que estaba tan jodido como el que menos) y protegieron en cada etapa del asunto, sobre todo en la parte donde se debe renunciar a tomar del estante lo que se necesita o se desea, para acceder a una bolsa con tres harinas de trigo, dos harinas de maíz y un par de envases de buena mayonesa, tan cara esta última que la mayoría la dejaba en la caja al momento de saber que el dinero no alcanzaba para pagarlas.

Resumiendo, puedo comentar que la sensación de victoria al salir del supermercado con algo en la bolsa, que no es proteína, se disipa rápido, a distancia prudente y organizados tapando cada posible camino de salida, varios motorizados esperaban como buitres para cobrar vacuna en especie a cambio del derecho de paso, porque queridos míos, ofrecer dinero no sirve de nada en nuestro querido terruño y por supuesto yo no me salvé del impuesto. 

Tuesday, February 14, 2017

Mi encuentro con Dios:


Ciertamente no tengo la pesada carga de Diego, con quien debo reunirme en Madrid al haber aceptado una rogatoria, porque mi asunto nada tiene que ver con dejar de vivir, unión de palabras que entiendo no debían volver a mencionarse, pero como no hice tal promesa, puedo comenzar por allí para darme valor y así encontrarme previamente con mi amigo Fernando, a quien no veo desde hace 25 años y ahora, por detalles que espero nada tengan que ver conmigo, es un sacerdote con buenas reseñas e intenciones en lo que se refiere al trato con sus feligreses.
No pienso llenar la cita con naderías que ubiquen espiritualidad porque ya sabemos que Dios está en cada uno en la medida y profundidad de nuestra propia visión de la vida, y para mi desde que me arrebataron a lo que más quiero (siempre en presente), la distancia es tan grande con ese señor que no tengo temor en reconocer su inexistencia.
Como ya estoy marchita, llena de arrugas, manchas en la piel y canas que me hacen ver como de cincuenta, el tramite debe recorrerse sin más interrupción que la del recuerdo de un amor que no fue y nada tuvo eso que ver con vocación ni llamados a servir.  
Anticipando la posibilidad que la sesión fuese incomoda y para conocer el hoy de mi amigo,  pasé un par de días oyendo entregas que sube Fernando cada madrugada a la nube, donde trata, algunas veces mejor que otras, transformar la palabra de Dios y sus parábolas vencidas en significado y desgastadas por su mal uso, en una navegación por rio en calma, donde se escuchan efectos de aguas infinitas, pájaros que anuncian la buena nueva y el pasar de páginas que hacen ver que hay reflexión en cada mensaje. No vale la pena hacer referencia sobre el contenido porque los pocos programas que escuché lo hice sin animo, hasta que, por no dejar, el día de nuestra cita (anterior a mi viaje a Madrid) varias palabras dichas con algo más de lentitud me llamaron la atención.   
-         -  No debemos honrar a la palabra que nos desvía del camino por más que sea palabra santa.
Puede que haya sido un juicio que se escapó del dogma de forma involuntaria,  pero para mí, al ser pronunciada la frase por una voz que se parecía mucho a la que recordaba cuando Fernando tocaba guitarra en el colegio, haciendo versiones del disco Maestra Vida de Rubén Blades, me sonó a Actúa como si creyeras, mujer de buena voluntad, desarmando el aparataje de defensa que había acumulado para el caso que me sintiera incomoda y así sacar a colación la pedofilia de los curas, la preeminencia de la política en la cúpula de la Iglesia y las riquezas que hacen de su patrimonio algo incalculable y deshonroso para quienes predican la vida de Jesús y su indudable virtud como hombre, es decir, para salir de un mal rato, apelaría a lugares comunes que hieren a los hombres de Dios con verdadera vocación.
En fin, salvada por la recepción del mensaje, quería que, gracias al encuentro con mi amigo sacerdote ubicar el perdón para no hacer de la misión que había aceptado un simple instrumento de venganza, porque sin duda la persona que debía hallar en Madrid estaría mucho peor que yo si se enterase que ha vivido los últimos 15 años esperando una sentencia de muerte que nadie dictó.
Evité para la cita (vaya tontería) ir en vestido y perfumada para no perturbar la hombría de mi amigo.
Me acodé en la barra del sitio donde habíamos quedado y de la mano de una cerveza fría comencé a sentir como se liberaban sentimientos y sensaciones que pensaba ajenos por la distancia que les puse, hasta el punto que, en un éxtasis con altísima carga sexual, fui asaltada por un estremecimiento que me llevó a sentirme mujer como hace tiempo no pasaba y sin miedo escénico me dejé llevar para disfrutar el evento plenamente.
Al terminar y luego abrir mis ojos, húmedos de gozo, pude ver que Fernando estaba a mi lado, muy cerca y tuve la certeza que me acompañó en silencio, pero muy presente en lo que sentí.
Sus palabras, para saludarme luego de 25 años sin vernos, fueron suficientes para entender lo que me sucedió.

-         -  Hola, sabes que siempre termino mis sermones con las palabras ¨vayan en paz¨, pues bien, gracias a ti, cambiaré el final a ¨paz y amor¨.  

Thursday, October 13, 2011

Ciclos y Giros:


Una de las virtudes que el hombre usurpa (si Luis) de la deidad es creer que puede operar su voluntad para cerrar ciclos. Ciclos de vida hablo, pretender que se pueden tomar hechos del pasado (que nos afectaron), manipularlos y hasta retorcerlos para luego, cuando intuimos que ya tienen forma digerible, ponerle punto final a la memoria buscando tranquilidad, tranquilidad relativa por supuesto, porque inmediatamente se genera otro recuerdo que toma el lugar del anterior sin desplazarlo realmente, por tanto el cierre de un ciclo se convierte solo en un giro. Por otro lado, la psiquis humana debe funcionar en un medio controlado porque ya basta con saber que somos insignificantes, débiles y vulnerables ante hechos que por su naturaleza no podemos entender, y la respuesta ante la ignorancia (y el miedo) es simple, generar una verdad acomodaticia y simplona que nos permita dormir, es por eso que irremediablemente ante un recuerdo perturbador reaccionamos buscando pelea, retándolo a él y su dueño, pidiéndole explicaciones, sin quererlas realmente, hasta aniquilarlo para hacer del mismo lo que siempre hemos pensado de él, que fue una mierda, que no nos afectó y al hoyo con él. Pero, ¿Qué pasa cuando renunciamos al presente en actitud esquizoide donde todo pasado fue mejor cuando sabemos que no fue así? Pues simple, renunciamos a recibir el amor del ahora, las caricias de quienes nos rodean, bloqueamos la palabra y el aliento de quienes hacen esfuerzos para hacernos regresar al presente y aquí entre nos, tarea inutil, nada tiene valor porque en unos años, cuando la demencia senil nos atrape, viviremos en una nebulosa de recuerdos forjados, incapaces de recibir lo que nos ofrece la vida porque simplemente ya ella (Dios) no tiene nada que ver con nosotros. Mi defensa ante lo anterior es hacer que los recuerdos llenen un inmenso vaso de ternura, porque si los jurungo pasa lo que al viejito, me joden.

Antonio Bieliukas Diaz
Escritor.

Tuesday, April 26, 2011

“El Ultimo Ángel”

Si bien es cierto que mantengo la postura sobre la libertad de expresión en mi país (con la idiota y complaciente autocensura de algunos medios y sus sirvientes) y siendo como fui censurado al no publicarse un escrito mío mas bien “come flor” que maltrataba el tema, por acontecimientos que vienen navegando desde hace un tiempo, debo suspender la pausa que le impuse a mi blog para dar gracias a la familia de Corporación Aruacas, SL, que es igual que agradecer a Jimmy, a Mary y a Santiago, por haberse atrevido a romper una barrera que parecía insalvable al publicar mi novela “El Ultimo Ángel” tal y como siempre quise que se hiciera, en otras palabras, con amor, pasión por las cosas bien hechas y un respeto reverencial hacia el texto que bien habla de él, aun con las fallas impuestas por la ausencia de razón (sentido común) manifiesta de su autor. Por supuesto el texto se ve engrandecido por la presencia en su portada de una obra de mi amigo Felipe Herrera y a él y a su María debo dar más que gracias sobre todo al confiar que el contenido del libro es de la talla del Ángel de Felipe, cosa que por cierto aspiro y espero de corazón. Al Dr. Galdo, pues ni hablar, haciendo una pausa en su labor de Maestro Parrillero vinculó la obra de Felipe a mi nombre y al nombre de la obra, sobre un cielo misterioso que con un ardor que se intuye siembra de dudas la aparente pasividad de su color. A los lectores que accedan a mi libro no les voy a dar ningún consejo, no les voy a indicar el camino para transitar por su tortuosa prosa, pero también debo agradecer de antemano su valor al sumergirse en una obra que habla de la simpleza de la vida de la mano de la más absoluta complicación. Una parte del texto resume la intención del mismo y queda encerrada en lo que sigue “De antemano puedo asegurar que perder la razón no tiene ningún efecto digno de referir, porque a partir de su ausencia todo se vuelve realidad” o más bien como recomienda Jimmy, asumiendo su alter ego de guía de museos y hace referencia a viajar por “El Ultimo Ángel” como si se tratase de El Prado, indicando, para salvar posibles caídas al abismo de las ideas delirantes atrapadas en la obra, que “El único detalle es que este museo no puede existir, porque sería la combinación de todos los museos del mundo o de ninguno, con una única señal en la entrada que rece: «PROHIBIDO ENTRAR CON PREJUICIOS».

Antonio Bieliukas Diaz.
Escritor.