Sunday, July 06, 2008

El perro de agua:

Poco aporta una confesión estrafalaria cuando de seguidas se cuenta una leyenda, que por ser tal, probablemente no tenga asidero con la realidad.
Para diluir el contenido de la confesión y restarle importancia en el caso del perro de agua, utilizaré el recurso de exponerla de coñazo y en pocas palabras para luego echar el cuento que nos ocupa.
- Yo nunca me he limpiado los oídos ni el culo, al menos no con papel.
Palabras más, palabras menos, salieron de la boca de un individuo desgarbado, ausente, calzado con unos zapatos de payaso (por su dimensión no por su apariencia) que cubrían unas medias deportivas blanquísimas y con un lunar prominente en el muslo derecho que no indicaba nada bueno en el ritmo de multiplicación celular.
Por cierto, al hacer memoria no recuerdo haber realizado ningún gesto que promoviera la fulana confesión, pero así son las cosas cuando se va a trabajar sin ir a trabajar realmente.
I

La grama se notaba consumida por sectores, más bien amplios, dibujando desde la parte superior de la vivienda la posibilidad de haber sido devorada desde abajo por ¨algo¨ con hambre insaciable.
Lo particular del caso viene de la mano al observar que los espacios consumidos dejaron a la grama sin vida sobre la superficie y al arrancar un trozo de la zona afectada pude detectar que el cadáver no tenía raíz.
Contemplando los restos depositados sobre mi mano derecha, y luego de darle un par de vueltas para comprobar la falta de raíces (sospecho que cada hilo de grama debe tener una, de allí el plural) a la vera se presentó el confesor y soltó la sentencia que ubica al responsable del daño en el jardín.
- Fue el perro de agua. –dijo.

Como estaba peligrosamente cerca de la hora de aperturar el bar, esta vez para disfrutar un destilado escoses mezclado con el liquido que contiene el fruto de la palma marina, agua de coco pues, a la sombra de un ingenio mal construido con sus hojas muertas, decidí no darle importancia a las palabras del sujeto con fallas de aseo.
- Pero si me lavo las manos.- Replicó.
- Mire amigo-contesté- buenos días y hasta luego.
- Fue el perro de agua- insistió.
Sabiendo que al preguntar ya no tendría salida, me di la vuelta para entrar a la casa y así servirme el primero de varios, a dios gracias.
- Es un insecto que parece un ratón recién nacido.
- ¿Qué cosa? Pregunté.
- El perro de agua.
- Esta bien, me sirvo uno y me explica.
- ¿Y yo?
- Cuénteme y luego vemos.
Los años de servicio activo me permitieron cumplir con la tarea sin tropiezos, aún cuando por estar en casa ajena no sabía la ubicación de los vasos y de las servilletas, pero para eso sirve la lógica y la apliqué con pericia.
Con la esperanza que a mí salida el sujeto no estuviera, me encamine hacia los límites de la razón para escuchar la historia de un insecto con apariencia de roedor recién parido y rosado, herbívoro y caprichoso por comer exclusivamente raíces de grama japonesa en jardines ubicados cerca de una playa pacifica con nombre de molusco venezolano.
Sin solución de continuidad, termino que me enamoró desde que lo acuñé para denominar a un cuerpo sin heridas, pude llegar a la orilla de una piscina con un ancla azul en el fondo, cuya transparencia en sus aguas intuía exceso de cloro.

- A nadar con los ojos cerrados- pensé.
Antes de realizar el sagrado deber de ubicar el vaso a la orilla más occidental de la piscina, me dispuse a ducharme y así cumplir con la norma impuesta por la junta de condominio, como paso previo al disfrute de las aguas, depositadas en hueco semejante al número siete que dibujan los carajitos de cuatro años.
El agua estaba tibia, ideal para cuerpos azotados por el sol isleño, pero a mi me hubiese gustado algo más fría.
La atravesé de cabo a rabo por debajo del agua, nadando a ciegas con las manos hacia delante esperando encontrarme con la pared en cuya cumbre (suelo absoluto), estaba el vaso con la mezcla que ansiaba mi garganta.
Al salir a la superficie y abrir mis ojos, el sujeto se hallaba a distancia prudente permitiendo la certeza que con mi vaso no se metió.
- Si le echas agua con jabón a la grama afectada, con baja concentración del detergente, el perro de agua sale.
El confesor parecía un hombre poco leído pero culto, la manera como hilvanó la frase anterior así lo indicaba.
- Mire maestro, yo no creo en cuentos de camino, déjeme en paz o tráigame el maldito perro de agua y con eso se gana un trago que buena falta le hace.
- No hay necesidad porque tengo una prueba irrefutable. Cuando yo era joven mi cabello parecía una reserva de grama japonesa.
- ¿Y?
El hombre se descalzó, dejando de lado los zapatos inmensos y al quitarse las medias pude ver que no tenía pies.
- Fue el perro de agua. - Sentenció.
Alargando el trago me sumergí de nuevo dándole gracias al cielo por haberme quedado calvo.

Fin.

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